Valiente minoría.
En 2005, el Instituto Superior de Profesorado N° 8, Almirante Guillermo Brown”, vio como escasos 2 varones iniciaron sus estudios en nivel inicial, en contraste con las 60 mujeres que optaron por esta formación. Durante 2010 la cantidad de inscriptos se incrementó, pero el porcentaje con relación a las mujeres siguió siendo relativamente bajo. Y esta tendencia también queda reflejada en los jardines: actualmente en la ciudad de Santa Fe, tan sólo un varón trabaja al frente de una de las salas. Asimismo, la ciudad de Buenos Aires no fue ajena a las estadísticas: durante el año 2003, en los jardines estatales se registraron 145 hombres al frente de las salas, por contrapartida a las 4402 mujeres en el mismo cargo.
Los números no son casuales. Evidentemente en la sociedad hay una creencia de que este tipo de actividades están destinadas a las mujeres. Y si quien está al frente de una sala es un hombre, ‘algo raro debe haber’.
El dedo acusador.
Faltan escasos minutos para el mediodía y suena el timbre de salida. Los alumnos de las distintas salas del Jardín de Infantes N° 179 de Rosario van saliendo del establecimiento de la mano de sus maestras, excepto los de la sala verde que, en lugar de salir acompañados de una docente, dejan el estable-cimiento, pero de la mano de un Profesor. Llegan juntos hasta la puerta y un par de chicos saludan con alegría a Lucas Giménez, su ‘maestro jardinero’:
- Hasta mañana Profe!, vociferan y se van de la mano de los padres, quienes también saludan al docente, algunos con una sonrisa, otros con cierta distancia. Otros familiares – los de alumnos de otras salas – observan la situación, en una mezcla de desconcierto y sorpresa. Sucede que es la primera vez que ven a un hombre al frente de una sala de jardín de infantes.
Sin embargo, Lucas no se aflige. Desde el inicio de su formación supo que la decisión de haber estudiado esta carrera le iría a demandar un esfuerzo extra para romper algunos mitos - propios y ajenos - y ‘ganarse’ la confianza de docentes, directivos y familiares de sus alumnos.
Trabajando contra la corriente.
- ¿Qué te llevó a estudiar maestro jardinero?
Siempre tuve afinidad con los chicos. Adonde iba, casa de conocidos, parientes, o donde había chicos, siempre me seguían. Me ponía a hablar o a jugar con ellos desde que tengo 15 años y familiares y amigos fueron los que me ‘empujaron’ a estudiar.
Me imagino que la mayoría de quienes estudian nivel inicial, han de ser mujeres…
Te cuento: cuando empecé primer año éramos dos varones y sesenta mujeres. El apoyo de los docentes siempre fue muy bueno; desde que empecé hasta ahora que me recibo. Sin embargo, había algunos prejuicios. Quien me escuchaba decir que estudiaba maestro jardinero, muchas veces pensaba que era gay o era degenerado. Pero eso fue hasta que me conocieron. Después, cuando hice las prácticas y la residencia, sobre todo el prejuicio venía del lado de las familias, pero es entendible porque no es común. Una vez, en el jardín me tocó compartir la “Semana de la Familia” y nos pusimos a hablar la madre de una nena y la abuela de otra sobre el tema de los prejuicios. Ellas me querían conocer y me preguntaron qué se me había dado por estudiar y les conté. Después que me conocieron se quedaron tranquilas pero me reconocieron que hasta ese momento como que no les cerraba. Además ellas se dan cuenta de que está todo bien por los chicos, porque ellos llegan a la casa y cuentan “el profe es re bueno”, “con el profe jugamos”, etc.
- Y esto a la hora de trabajar, ¿cómo te afecta?
Lejos de quitarme fuerzas, más me esfuerzo y más demuestro mi forma de ser. No escondo ni guardo nada. Yo soy así, tanto en el ámbito escolar como afuera. Muchas veces las familias no te dicen nada, pero te lo hacen sentir. Te sentís observado, pero así demostrás más; más confianza con los chicos, hablás más y te hacés respetar. Además, si a los chicos les caés bien, está ‘todo bien’. Si no tienen onda, por más que hagas de payaso, no te dan bolilla. Es fundamental poder lograr ese ‘feeling’ con el chico y no todos pueden lograrlo. Te cuento una anécdota: una vez que fui a Brasil de vacaciones, había una nenita que tenía dos años. Jugamos durante los quince días que estuve allá. Ella me iba a buscar y nos pasábamos jugando toda la mañana. Cuando vos ves que el chico te sonríe, te das cuenta de que un feeling hay.
- ¿Creés que este tema de los prejuicios se puede revertir?
Yo creo que sí, pero va a llevar tiempo. Y se tiene que dar con la ayuda de la familia, la escuela, los medios… Hacerse conocer a través de los medios ayuda para romper con el mito. Lo que pasa también es que existe en la sociedad – y muchas veces en uno mismo – falsos estereotipos que son muy difíciles de cambiar. Así como hasta hace algunos años se creía que las tareas del hogar eran ‘cosa de mujeres’, hoy todavía está el estereotipo de que la docencia en el nivel inicial se relaciona con la imagen femenina, maternalista por así decirlo. Y si sos hombre y querés trabajar de maestro jardinero, el inconsciente colectivo piensa – como te dije antes – de que sos gay o un degenerado. En lo que respecta a la docencia, la gente está acostumbrada a ver en los jardines de infantes a los profesores de música o educación física, pero no a los maestros jardineros.
“Los hombres no tejen; eso es cosa de mujeres”, “María no puede jugar al fútbol porque no es un deporte para chicas”, son algunas de las frases que seguramente hemos escuchado en algún momento. Ocurre que estamos inmersos en una sociedad que se encarga de rotular a las personas, y conjetura muchas veces de manera desacertada sobre la orientación sexual, como en el caso de Lucas.
Sin embargo, justamente las personas como Lucas tienen fe de que esta situación puede revertirse. En su caso, a cada padre o madre que lo mira con desconfianza le regala una sonrisa, que seguramente será el puntapié inicial para dar comienzo a una relación padre o madre – docente que irá dejando en el camino los prejuicios sin fundamento, para dar lugar a otro, que busque enseñar, educar y – por qué no – hacer reír a los más chicos.